El cambio
Es natural temerle al cambio.
Nos
acomoda más lo que es conocido y natural, lo que se ha "hecho
siempre" que lo desconocido. Sin embargo, si queremos que en nuestra vida
de la Iglesia surjan cosas positivas, debemos introducir el cambio tanto en
nuestras actitudes como en nuestros actos personales y de comunidad.
Mientras nosotros, clérigos y
comunidades no tomemos acción y hagamos algo para cambiar el estatismo en que
nos encontramos, las cosas no mejorarán, ya que somos nosotros los que propiciamos
los cambios. Estos cambios han de venir de las bases, no de las altas
jerarquías.
Todos tenemos una insatisfacción. Todos
necesitamos mejorar en algo. Para lograr una satisfacción es necesario que
introduzcamos una variante, que sustituyamos los malos hábitos por otros
constructivos.
Tenemos que cambiar, también, los
conceptos a los que hemos estado aferrados y estudiar la posibilidad de
establecer innovaciones tanto en nuestro trabajo como en nuestra personalidad
para propiciar los cambios que son necesarios en la iglesia. Lo estancado se
pudre. La vida es constante movimiento y evolución ¿Por qué no podemos entender
esto?
Si queremos mejorar hay aspectos de la
iglesia que debemos cambiar. Acabemos con el conformismo y actuemos con
decisión.
Debemos modificar nuestra visión para
que podamos hacer y realizar lo que verdaderamente anhelamos. Cuando queramos
cambiar debemos concentrarnos en nuestros aspectos positivos y debemos empezar
operando cambios dentro de nosotros.
Al cambiar de actitud hacia la vida, la
vida cambiará para nosotros y para las comunidades a las cuales servimos.
Las cosas no son como nos las enseñan
en la escuela
Las cosas no son como nos las enseñan
en la escuela.
Eso fue lo único que realmente aprendí
en los años que estuve batallando con mis compañeros y compañeras, maestras y
maestras que creían exactamente lo contrario.
Cómo me habría gustado que mis maestras
y maestros no me hubieran ocultado que la vida es esto que se nos estampa cada
día en la cara; que no se hubieran obstinado en hacernos creer que el mundo
eran los patios, los salones y pasillos y el fut bol y los paseos; que el
castigo mayor era el de enviarnos a la dirección o una mala nota y el
premio el diploma de honor: no hay diploma de honor en la realidad, aunque
algunos así lo sigan pensando.
"Eramos felices en nuestra
ignorancia". Jugábamos a estudiar mientras maestras y maestros jugaban a
enseñarnos. Así son los juegos, uno termina de jugar y no recuerda lo que hizo:
no importa que algo quede, lo importante es engañar al tiempo.
Tal vez era entonces cuando las cosas
realmente valían, cuando no éramos tan serios todavía para disfrutar las cosas
intrascendentes.
Las cosas no son como te las enseñan en
la escuela.
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