viernes, 5 de junio de 2015

El cambio



Es natural temerle al cambio. 
Nos acomoda más lo que es conocido y natural, lo que se ha "hecho siempre" que lo desconocido. Sin embargo, si queremos que en nuestra vida de la Iglesia surjan cosas positivas, debemos introducir el cambio tanto en nuestras actitudes como en nuestros actos personales y de comunidad.
Mientras nosotros, clérigos y comunidades no tomemos acción y hagamos algo para cambiar el estatismo en que nos encontramos, las cosas no mejorarán, ya que somos nosotros los que propiciamos los cambios. Estos cambios han de venir de las bases, no de las altas jerarquías.
Todos tenemos una insatisfacción. Todos necesitamos mejorar en algo. Para lograr una satisfacción es necesario que introduzcamos una variante, que sustituyamos los malos hábitos por otros constructivos.
Tenemos que cambiar, también, los conceptos a los que hemos estado aferrados y estudiar la posibilidad de establecer innovaciones tanto en nuestro trabajo como en nuestra personalidad para propiciar los cambios que son necesarios en la iglesia. Lo estancado se pudre. La vida es constante movimiento y evolución ¿Por qué no podemos entender esto?
Si queremos mejorar hay aspectos de la iglesia que debemos cambiar. Acabemos con el conformismo y actuemos con decisión.
Debemos modificar nuestra visión para que podamos hacer y realizar lo que verdaderamente anhelamos. Cuando queramos cambiar debemos concentrarnos en nuestros aspectos positivos y debemos empezar operando cambios dentro de nosotros.
Al cambiar de actitud hacia la vida, la vida cambiará para nosotros y para las comunidades a las cuales servimos.

Las cosas no son como nos las enseñan en la escuela

Las cosas no son como nos las enseñan en la escuela.
Eso fue lo único que realmente aprendí en los años que estuve batallando con mis compañeros y compañeras, maestras y maestras que creían exactamente lo contrario.
Cómo me habría gustado que mis maestras y maestros no me hubieran ocultado que la vida es esto que se nos estampa cada día en la cara; que no se hubieran obstinado en hacernos creer que el mundo eran los patios, los salones y pasillos y el fut bol y los paseos; que el castigo mayor era el de enviarnos a la dirección o una mala nota   y el premio el diploma de honor: no hay diploma de honor en la realidad, aunque algunos así lo sigan pensando.
"Eramos felices en nuestra ignorancia". Jugábamos a estudiar mientras maestras y maestros jugaban a enseñarnos. Así son los juegos, uno termina de jugar y no recuerda lo que hizo: no importa que algo quede, lo importante es engañar al tiempo.
Tal vez era entonces cuando las cosas realmente valían, cuando no éramos tan serios todavía para disfrutar las cosas intrascendentes.


Las cosas no son como te las enseñan en la escuela.

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