miércoles, 27 de mayo de 2015

La Iglesia como comunidad no jerárquica


ESCRITO POR JOANA ORTEGA RAYA ·
 26/11/2012




“… pues todos sois hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús. Pues todos los que fuisteis bautizados en Cristo de Cristo os habéis revestido. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3,26-28).

La noción de construir una iglesia cuyas estructuras no respondan a la idea de jerarquización o, lo que es lo mismo, cuyas relaciones no respondan a estructuras de poder/dominio o amo/esclavo, está directamente relacionada con la idea de construir una comunidad de iguales.

Si aceptamos la igualdad de todos los seres humanos como expresión de la voluntad de Dios en la creación, como una práctica del movimiento de Jesús y como una lucha que ha tenido lugar, de una u otra manera, en la historia de la iglesia, debemos considerar muy seriamente las repercusiones sociopolíticas de dicha aceptación.

Tradicionalmente, se acepta que todos los seres humanos somos iguales delante de Dios, es decir, se admite la igualdad, digamos, en términos espirituales. Pero, a la hora de aplicar dicha igualdad al funcionamiento cotidiano de la comunidad se dice que Dios ha establecido una jerarquía de funciones.

Sin embargo, estoy completamente convencida de que la afirmación de la igualdad de todos los seres humanos y, en este caso, de todos los cristianos y cristianas, tiene importantísimas repercusiones en la práctica, en la organización y en las relaciones de la vida comunitaria.

De alguna forma, reconocer que somos iguales nos llevará a construir una comunidad libre de las estructuras de poder/dominio (Mt. 20,20-27). Toda relación humana corre el riesgo de desarrollarse de acuerdo con estructuras de dominación y, puede convertirse y, de hecho así es, en una lucha de poder y, en la mayoría de los casos, intentar responder a la pregunta ¿Quién manda aquí? se convierte en el objetivo primordial de nuestra existencia.

Sin embargo, Jesús nos proporciona otra opción: la cuestión no es quién manda aquí –porque aquí no manda nadie- sino trabajar desde la capacidad de ponernos al servicio desinteresado de los demás.

En el texto de Mateo que nos sirve como ilustración de este enunciado, observamos que los discípulos más cercanos a Jesús se habían enzarzado en una discusión cuyo objetivo era definir las cuotas de poder que, según ellos, les correspondían. Y Jesús tiene que decirles que lo han entendido mal, que los suyos no se relacionan de acuerdo con las estructuras mundanas de poder/dominio, sino que lo hacen respondiendo a otro modelo: el servicio y la entrega.

Las estructuras de dominio buscan, y lo consiguen, dominar, controlar y anular a las personas. Las estructuras de servicio y entrega que nos propone Jesús consiguen liberar, reivindicar y afirmar en su dignidad a esas mismas personas.

Por eso, lo que nos interesa es construir una comunidad basada en estructuras fratiarcales (Mc. 10,29-31). Es de conocimiento general que la estructura básica sobre la que se han construido y desarrollado las sociedades actuales es, sin ningún genero de duda, la estructura patriarcal. El nuestro es, hasta ahora, un mundo de hombres y para hombres. Esta no es una cuestión de género, es una cuestión de modelo. Gustavo Gutiérrez afirma que “La historia humana ha sido escrita por una mano blanca, una mano masculina, de la clase social dominante.”, y eso se refleja en todas las formas de relación humana. En todo momento, en todo lugar y por alguna extraña razón, debe determinarse quién manda. Sin embargo, toda relación que se basa en intentar responder a esa pregunta, se convierte en una lucha de poder y, por tanto, en un fracaso a corto, medio o largo plazo.

Jesús no se relaciona de esa manera con los suyos. Como ya se ha mencionado, él detesta las estructuras de poder/dominio: “Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros...”. Es decir, las relaciones comunitarias deben basarse no en relaciones de poder/dominio, sino en relaciones de fraternidad, o de servicio, como prefiramos llamarlas.

Las estructuras fratiarcales se basan, no en relaciones de poder, sino en relaciones de amor, y cuando las personas se aman no intentan dominarse las unas a las otras, sino trabajar para el crecimiento y el bienestar de los demás.

Si aceptamos una noción de comunidad de iguales que se materializa en una comunidad no jerárquica, puede que se nos plantee una pregunta en torno al concepto de autoridad. ¿En una comunidad de iguales no jerárquica hay lugar para un ejercicio legítimo de la autoridad? ¡Claro que sí! Pero se trata sobre todo de un modelo de autoridad carismática (Jn. 15,12-17; 1Cor. 1,1-28).

Hemos acordado que aceptar la construcción de una comunidad de iguales nos lleva a unas consecuencias estructurales comunitarias que provocarían un rechazo de las estructuras de poder/dominio para dar paso a unas estructuras que hemos dado en llamar fratiarcales. Ahora bien, ¿Eso quiere decir que la comunidad adolece de autoridad? En mi opinión no, sino que más bien, la autoridad que se ejerce en la comunidad proviene, como se lee en los textos de referencia, de las capacidades que el Espíritu nos ha concedido.

Como dice el texto de Corintios, Dios nos ha dado capacidades que debemos poner al servicio de la iglesia/asamblea, y la asamblea/iglesia debe reconocer esas capacidades para su correcta edificación. Sólo de esta manera podremos funcionar, crecer y edificarnos los unos a los otros.

Por ejemplo, médicos, abogados y otros profesionales no mandan porque sí, sino porque les reconocemos una cierta autoridad en un determinado campo que nosotros no dominamos.

La autoridad, el poder, entendidos como “dunamis”, como energía, como potencialidad es “… realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones, sino para descubrir realidades, y lo actos no se usan para violar y destruir, sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades.” (Hannah Arendt)



En mi opinión, y de acuerdo con los textos que hemos leído, debemos trabajar en la construcción de una comunidad de iguales en la que se rechacen las estructuras de poder/dominio para dar paso a unas estructuras fratiarcales en las que se respete y se reconozca una autoridad carismática. Ahora bien, ¿Eso como se consigue? De acuerdo con Hannah Arendt, yo diría que desarrollando nuestra capacidad de hacer promesas, establecer pactos y practicar el perdón: “El descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret… En nuestro contexto es decisivo el hecho de que Jesús mantenga en contra de “los escribas y fariseos” no ser cierto que sólo Dios tiene el poder de perdonar, y que este poder no se deriva de Dios,… sino que lo han de poner en movimiento los hombres en su recíproca relación para que Dios les perdone también.” De acuerdo con Jesús y el Evangelio, “el hombre no perdona porque Dios perdona”, sino que es Dios el que perdona si nosotros somos capaces de perdonar.

Ayotzinapa




Mordemos la sombra
Y en la sombra
Aparecen los muertos
Como luces y frutos
Como vasos de sangre
Como piedras de abismo
Como ramas y frondas
De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia
Y gestos inclinados
En el sudario del viento
Los muertos llevan consigo
Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó

Estamos perdidos entre bocanadas
De azufre maldito
Y fogatas arrasadoras
Estamos con los ojos abiertos
Y los ojos los tenemos llenos
De cristales punzantes

Estamos tratando de dar
Nuestras manos de vivos
A los muertos y a los desaparecidos
Pero se alejan y nos abandonan
Con un gesto de infinita lejanía

El pan se quema
Los rostros se queman arrancados
De la vida y no hay manos
Ni hay rostros
Ni hay país

Solamente hay una vibración
Tupida de lágrimas
Un largo grito
Donde nos hemos confundido
Los vivos y los muertos…[6]


                                        
David Huerta

lunes, 25 de mayo de 2015

La guerra

LA GUERRA




La vida es una guerra constante
entre el hombre y la mujer
entre los ricos y los pobres
entre el negro y el blanco
entre el bien y el mal
entre el castigo y la culpa
entre dios y las religiones
entre las religiones y el creyente
entre el padre y el hijo
entre la madre y la hija
entre las instituciones
entre el individuo y la sociedad
entre la verdad y los intereses personales
entre la intelectualidad y el instinto
entre la voluntad y el deseo
entre el recuerdo y la realidad
entre cada página de la internet
y entre más le busquemos
la vida es una guerra.
Hay quienes pretenden terminarla, hacer que la paz impere –como en el paraíso bíblico (si es que existió)- sin darse cuenta que la paz es la muerte en vida, vivir sin objetivo, sin problemas y con todas las soluciones en el bolsillo.
Otros, los más, simplemente la ignoran y viven o creen vivir muy tranquilos.
Ven, guerrea, métete de lleno a esta vida, toma partido y date cuenta que no siempre gana el mismo bando, que el fin no es obtener el triunfo, sino conocer el campo de batalla, el miedo, el amor y la violencia, el dolor y el descanso.
Guerrea, defiende algo más que tu flaca seguridad, que tu bienestar acondicionado, que tu estabilidad comprada.

QUISIERA SABER

Quisiera saber en qué parte de la humanidad, en qué parte de mi cuerpo se encuentra eso que permite que convivan el hambre y el dispendio.
Quisiera entender por qué puedo seguir despreocupado y tirar a la basura cada día de mi tiempo y ánimo, mientras a mi alrededor se gesta la barbarie, mientras me cruzo cada día con la injusticia, con la inconsciencia, con el frío rostro de la realidad sin siquiera mover un dedo, sin pensar, sin que la herida ancestral palpite y sangre y tiemble.


Quisiera saber qué miedo, qué comodidad, qué coraje, qué dios y qué ceguera es la que se aloja dentro de mí, dentro de la sociedad, dentro de la especie humana y permite que yo esté escribiendo cómodamente este párrafo, mientras otros tienen que arrancarle su vida a los chacales.

miércoles, 13 de mayo de 2015



SE BUSCA PREDICADOR


Una de las tareas más difíciles de algunas iglesias es la de contratar un predicador, es decir, un nuevo pastor para la comunidad.
El comité de ministerios de una iglesia había rechazado a muchos candidatos por defectos reales o imaginarios.
El presidente del comité, cansado de tantas trabas, les envió la siguiente solicitud:
“Señores: Me he enterado de que su púlpito está vacante y me gustaría que tuvieran en cuenta mi solicitud. 
* He sido un predicador y escritor con bastante éxito.
* Algunos dicen que soy un buen facilitador.
* Tengo más de cincuenta años y nunca he predicado más de tres años en el mismo lugar.
* He tenido que salir corriendo de alguna ciudad después de la predicación.
* Confieso que he estado en la cárcel tres veces.
*Mi salud no es muy buena, pero aún consigo buenos resultados.
* No me he llevado nada bien con algunos líderes religiosos en algunos sitios en los que he predicado.
*Algunos me han criticado, otros me han amenazado y otros me han atacado físicamente.
* No soy bueno llevando los libros.
* Sin embargo, si me consideran, les prometo hacer todo lo que esté en mí para serles útil y ser el buen predicador que ustedes buscan.
El presidente preguntó al comité: ¿Qué les parece este candidato? ¿Lo contratamos?
Los miembros del comité se indignaron y preguntaron: ¿quién firma la solicitud? ¿Quién tendría la osadía de pensar que podemos contratar a alguien así para ser nuestro Pastor?
El presidente miró a todos antes de contestar.
Está firmado por: “Pablo el Apóstol de los Gentiles"
 "El que tenga orejas para oír, que oiga"